The Flinch: El miedo es tu guía

La traducción más fiel a la palabra “flinch” no es una sola palabra. En el contexto del libro, se trata de un acto involuntario e instintivo de retroceder ante un peligro. Es una contracción muscular rápida que nos protege. Es el instante en el que nos inmutamos o nos estremecemos; una reacción ante la alarma de peligro que nuestro cerebro dispara.

Es el momento en el que cada una de las dudas que alguna vez tuviste regresan y te golpean con fuerza. (…) Es un instinto que te hace salir corriendo.

¿Por qué nos alerta el cerebro? ¿Cuál es el peligro? El “flinch” aparece para que todo continúe tal cual estaba. Nuestro sistema no está diseñado para hacernos “felices”, sino para mantenernos con vida. Si hoy estamos respirando, sin hambre y sin frío, el sistema interpreta que todo cambio es una amenaza potencial. Si de un día para el otro intentamos algo nuevo, el cerebro rellena cada hueco de incertidumbre con miedo. Entonces retrocedemos y nos decimos: “No es el momento”.

Es una lucha de poder entre un sistema desactualizado (que no obsoleto) y el deseo de mejorar. El estremecimiento intenta evitar que abandonemos nuestra comodidad y crea un escenario para hacernos creer que la evitación es una decisión lógica y propia. Primero, una experiencia o una idea heredada crea una alarma. Luego, cada vez que nos acercamos a una situación similar, la alarma se activa.

Nacen creencias en esos espacios de incertidumbre: “Renunciar a un trabajo por un emprendimiento pondría en riesgo la seguridad de mi familia”. Con el tiempo, nos convencemos: “Mejor ahora no”, “La economía no lo permite”. El punto final llega cuando normalizamos la evitación. Los motivos iniciales pierden consistencia y, de pronto, el proyecto se vuelve una “mala idea”. Es lo que el libro llama un punto ciego: no sabemos por qué hay que evitarlo, pero estamos convencidos de que debemos hacerlo.

Observar cada instante de estremecimiento es desnudar una emoción que no tiene trasfondo. El miedo que nos genera es insustancial. ¿Realmente me puede matar esto? Conlleva tiempo y esfuerzo, pero cuando lo analizamos, entendemos que nuestro cerebro buscó protegernos. ¿Pero de qué?

(…) nos protege de lo inesperado. Es un instinto con el que nacemos y se queda con nosotros toda la vida.

El estremecimiento no es nuestro enemigo; es el instinto que evita que nos golpeemos al caer o nos impulsa a huir de un animal. Pero la mayoría de las situaciones cotidianas no son peligrosas. Sin embargo, ante el estrés, el sistema actúa de forma binaria: es seguro o puede matarnos. Hablar en público hoy no es peligroso, pero nuestro sistema aprendió que el rechazo del grupo equivalía a la muerte segura hace miles de años. Nunca cuestionamos por qué nuestras manos sudan y nos dan ganas de huir.

La ansiedad del estremecimiento es, en la mayoría de los casos, peor que el dolor que pueda dejarnos la situación a enfrentar.

El cerebro genera un modelo predictivo. Si un par de situaciones fueron dolorosas, las proyecta a todo evento similar futuro. Queremos aprender algo nuevo, pero tememos sentirnos insuficientes. El estremecimiento nos aleja: “Ver un par de videos de YouTube estaría bien”, “Hoy estoy cansado para empezar”. Nos pone a salvo de la posibilidad de sentir dolor por fracasar.

Para apagar el sistema no basta con escuchar experiencias ajenas; necesitamos las nuestras. El sistema se apaga si le demostramos que estaba equivocado. No necesariamente teniendo éxito, sino fracasando y asimilando que el dolor no fue tan grave. Es soportable. Podemos ver el dolor y advertir que lo sobredimensionamos.

En programación es normal sentir estremecimiento cuando el tema nos supera. No entendemos el error y el sistema nos ofrece alejarnos. Es una estrategia. Sabemos que si dejamos el ejercicio, no lo vamos a retomar. Podemos quedarnos con el código, desglosar sus piezas y ver qué nos falta repasar, o podemos cerrar el programa pensando que la próxima saldrá mejor. El bug es nuestro oso.

Evitamos entrevistas de trabajo por miedo a la insuficiencia. “Un tema más y voy a estar listo”. En programación pasa con las herramientas: “Cuando entienda los punteros inteligentes busco trabajo”, “Cuando controle las funciones puntero voy a estar preparado”. Estudiar un tema más es nuestra técnica de evitación. El cerebro nos invita a un curso más para estar “a salvo”. En este caso, la entrevista de trabajo es nuestro oso.

El objetivo no es escribir código perfecto, sino entender que el dolor que buscamos evitar no nos va a matar. Si vamos a la entrevista, hacemos el ridículo y volvemos a casa desanimados, pero al día siguiente seguimos a salvo, le estamos respondiendo a nuestro sistema que no fue tan grave. No hubo peligro real, solo un poco de humillación.

Comenzar a enfrentar lo que nos estremece le resta poder. Nos habituamos a que el rechazo es solo un correo electrónico, no una confirmación de insuficiencia. La información que obtenemos al cruzar la línea demuestra que del otro lado solo había sospechas. Dejamos de pelear contra la imaginación para pelear contra problemas reales.

Podés observarte estremecerte. Actuá, de todas formas. Olvidá la voz interna y avanzá. Lidiá con las consecuencias como vengan. Rara vez son fatales.

Al verbalizar estos miedos, suenan sin sustento. Obligamos a la parte lógica del cerebro a analizar una reacción que no tiene lógica. La buena noticia es que quebrantar el sistema solo requiere un breve momento de lucidez; una acción que nos ponga en movimiento.

Enfrentar el estremecimiento no es una habilidad para triunfar, sino una práctica para liberarse. Puede que luego de exponernos estemos en una condición peor, pero con el aprendizaje de que el daño no fue fatal. Nos ayuda a que las decisiones que tomamos en la vida sean nuestras y no el producto de un simple estremecimiento.

Sabremos que cruzamos al otro lado porque, apenas lo consigamos, buscaremos un puente distinto. Y luego otro. El objetivo es, poco a poco, desmantelar el sistema que nos inmovilizó. Pero el autor nos advierte: no hay un final. Sentirse nuevamente cómodo solo significa que regresamos al refugio. El estremecimiento es la brújula que marca el camino; si dejamos de sentirlo, es porque nos volvimos a perder.